Nunca tuve una tristeza que una hora de lectura no haya conseguido disipar Montesquieu

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La música bilateral es un tipo de música que alterna sonidos diferentes en el oído izquierdo y el derecho. Por este motivo, es importante escucharla con auriculares.

Esta música estimula ambos hemisferios cerebrales de forma alterna y eso potencia la actividad del cerebro y la conexión inter hemisférica entre otros beneficios.

Es una música maravillosa con la que se pueden conseguir resultados muy positivos para el estado de bienestar mental y físico. Aquí­ van algunos que yo misma y mis pacientes han experimentado:

  • Relajación y disminución de estrés/ansiedad
  • Aumento de la creatividad. Yo la utilizo sobre todo para escribir. Siempre que lo hago me surgen ideas nuevas y entro en un estado de flow muy agradable.
  • Procesamiento de situaciones y pensamientos negativos. Se trata de visualizar el evento o la imagen que preocupa o duele, cerrar los ojos, escuchar la música y esperar. Poco a poco la imagen va modificándose o virando para ser procesada emocionalmente. Ojo! No es mágico, probablemente se necesiten varias o muchas sesiones para ello.
  • Mayor equilibrio interno y sensación de paz mental. Mayor conexión con uno mismo.
  • Mayor concentración. Se puede escuchar mientras se trabaja o se analiza un problema o situación particular.

Por internet circulan muchos enlaces con música bilateral, es importante asegurar la fuente para tener la convicción que realmente es bilateral. En caso de duda, se puede comprar a un precio razonable.

¡A mi­ me encanta! ¡Viva la música bilateral!

 

*Foto livinginpixels

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“Reconocer que sientes celos es vergonzoso” Bueno… al menos eso es lo que nos han enseñado

“Sentir celos es malo” O quizás eso es lo que siempre hemos escuchado

“Si sientes celos es porque tu pareja/amante/persona con la que mantienes una relación emocional, te los produce”

Pues voy a intentar romper unos cuantos paradigmas relacionados con los celos, a ver qué tal se me da.

  • Reconocer que sientes celos es un acto de humildad y autoestima. 

¿De autoestima? ¿Pero qué dices? Si. Si sientes celos y te lo reconoces has empezado a abrir una puerta al autoconocimiento. Si te abres al autoconocimiento estás elogiando a tu persona. Si le das valor a quien eres, de facto, estás trabajando en tu autoestima.

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Chico conoce chica, chico conoce chico, chica conoce chica. Se enamoran, se juran amor eterno y pasan a un nuevo estado civil y estatutario: somos pareja.

Y, de repente, tu identidad es binaria. Parte de tu identidad pasa por lo que esa persona es. Y entonces, empiezas a hablar en plural el 80% de tu tiempo: “nosotros no venimos”, “nosotros lo pensamos”, “nosotros pagamos”.

En ese estado ilusorio, en el que crees que parte de tu persona se disuelve en la otra, obtienes una falsa seguridad.
Sientes que la otra persona llena momentos de tu vida, se ocupa de ti cuando estás triste y te mantiene distraído gran parte de tu tiempo.
Pero la otra persona simplemente te está acompañando y ofreciendo amor (siempre y cuando entendamos bien qué es el amor). Tu sigues teniendo tu vida, tus fantasmas, tus cuestiones por resolver, tus momentos tristes y tus proyectos. Lo único que cambia es que alguien te acompaña en el trayecto.

Y en este falso estado en el que pasamos a ser un bicéfalo, le pedimos a nuestra pareja aquellas cosas que no somos capaces de darnos a nosotros mismos.
Le pedimos atención, le pedimos tiempo, le pedimos aventuras, le pedimos sorpresas, pero también le pedimos espacio, seguridad, … La cuestión es pedir.

¿Pero te das a ti mismo todo lo que le llegas a pedir a tu pareja? ¿Te das sorpresa, aventura, seguridad, tiempo y atención? ¿De verdad lo haces?
¿Cómo pretendes que alguien te de todo eso si tú no logras dártelo a ti mismo?
Pues a eso le llamamos amor. A las expectativas, a los reproches, a pretender que el otro haga lo que nos dé la gana, a pensar que si el otro me hace sentir mal es por su culpa y no por la mía…
A creer que el otro tiene que estar siempre, que yo soy la única o el único para él, que el otro tiene que pasar sus ilusiones por mi tamiz. Porque … es que somos pareja…

Y así seguimos. En un contrato tácito en el que el otro me distrae, me hace sentir bien, me consuela y me sostiene emocionalmente siempre que lo necesito.

Ojo, que yo soy una romántica. Me encantan las velitas, la luz de la luna y la poesía… pero con el paso del tiempo y bastante trabajo personal he aprendido ciertas cuestiones que me han permitido evolucionar en este sentido (y lo que me queda…)

1. El otro no te pertenece. Ni emocional, ni personal ni sexualmente. El otro sigue siendo él o ella independientemente de ti y puede decidir marcharse en cualquier momento. Igual que tú, por cierto.

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Lucy (nombre ficticio) llegó a mí con sentimientos de tristeza, vacío y ansiedad.
Había conocido a un chico 2 años antes. Se había enamorado y se había mudado a vivir con él a otro país.

Inicialmente todo estaba bien, ella se dedicaba al comercio electrónico y podía realizar sin problema su trabajo desde cualquier lugar.
Su pareja seguía con su vida normal. Acudía al trabajo, solía quedar con amigos y el resto del tiempo lo pasaban juntos.

Pero poco a poco, Lucy empezó a notar que Pedro (nombre ficticio de la pareja de Lucy) se ausentaba cada vez más. Ella, inicialmente, lo justificó. Tenía mucho trabajo y además no podía estar pendiente siempre de ella.

Posteriormente, Lucy observó como Pedro, pasaba horas y horas chateando en el ordenador.
Empezó a preocuparse y a sentirse aislada. Estaba en otro país, su única referencia en el mismo era su pareja y, se daba cuenta como, poco a poco, ésta se iba distanciando.

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El abandono y el desamparo forman parte de mi vida. Con tan sólo 5 años mi padre murió. Dejó en mi un gran vacío que, afortunadamente, mi madre cubrió en mayor o menor medida.

Pero un padre es un padre y el hueco que dejó en mis entrañas y en mi ser fue tan grande que aún hoy, en ocasiones, puedo observar y escuchar su eco.

Por suerte, he podido trabajar en ello. Durante toda mi vida he leído, he analizado, he soñado y en un momento dado, decidí trabajar en profundidad para sanar del todo esa herida.

Aún me queda por hacer y, quizás hasta que me muera, seguirá quedando algún pedacito de mí por restaurar.
Sin embargo, creo que curar y sanar aquello que nos sucede en la infancia, no sólo es posible, sino que significa un gran aprendizaje.

Por este motivo, a continuación, voy a detallar alguna de las ideas que, a través de mi propia experiencia y la de mis pacientes, he podido constatar útiles para evolucionar y curar heridas de infancia.

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