Si te abandonan, no te abandones

El abandono y el desamparo forman parte de mi vida. Con tan sólo 5 años mi padre murió. Dejó en mi un gran vacío que, afortunadamente, mi madre cubrió en mayor o menor medida.

Pero un padre es un padre y el hueco que dejó en mis entrañas y en mi ser fue tan grande que aún hoy, en ocasiones, puedo observar y escuchar su eco.

Por suerte, he podido trabajar en ello. Durante toda mi vida he leído, he analizado, he soñado y en un momento dado, decidí trabajar en profundidad para sanar del todo esa herida.

Aún me queda por hacer y, quizás hasta que me muera, seguirá quedando algún pedacito de mí por restaurar.
Sin embargo, creo que curar y sanar aquello que nos sucede en la infancia, no sólo es posible, sino que significa un gran aprendizaje.

Por este motivo, a continuación, voy a detallar alguna de las ideas que, a través de mi propia experiencia y la de mis pacientes, he podido constatar útiles para evolucionar y curar heridas de infancia.

• Lo primero es darse cuenta. En ocasiones es muy difícil. No tienes la consciencia necesaria. Pero, si escuchas con atención, verás que hay algo en ti que no acaba de funcionar bien. A veces es necesario transitar por crisis o situaciones complicadas para que esas heridas se abran y percibas con claridad que debes trabajarlas.

Sostener el malestar. Cuando te sientes abandonado, rechazado, no querido, no valorado, como consecuencia de algo que sucedió en tu infancia, el dolor es tan profundo que es muy difícil de sostener; de calmar.
Pero es necesario darse cuenta que nunca nadie ni nada podrá gestionar ese dolor más que uno mismo. Cuando esa herida se abre, es frecuente intentar quitarse el malestar de encima. Intentas relacionarte con personas, intentas hacer cosas, solicitas afecto, incluso hay personas que se evaden del dolor de forma patológica. Pero nada de ello funciona. La herida sigue abierta.
Sin embargo, si miras de frente ese dolor, si sientes la tristeza, el vacío, el desamparo o el rechazo sin intentar quitártelo de encima, llega un momento que eres capaz de sostener el malestar
En ese momento, ya has avanzado un pasito más.

• Entender que el proceso puede ser largo, que incluso puede durar toda la vida, aunque, evidentemente, con muchísimos progresos de por medio.
Puedes verlo como algo negativo o bien como un objetivo personal en el que, año tras año, te vas superando.

Permitirse descansos. A veces cansa. A veces te cansas de ti mismo y de esas heridas que dan por saco. Exige dedicación, tiempo, consciencia, autocrítica… No siempre se puede estar avanzando. Estancarse de vez en cuando es muy positivo.
Jugar al pilla-pilla contigo mismo. A veces, las heridas de infancia nos llevan a realizar acciones que no nos benefician. Internamente sabemos que no las debemos llevar a cabo.
Cada vez que puedas, cázate haciendo algo de eso y, como mínimo, date cuenta de ello.

Durante algunos años he acompañado a personas con heridas de infancia y he observado auténticos progresos.
Es un trabajo precioso y muy interesante.
Estoy convencida que, gracias a mis heridas de infancia y al trabajo que he realizado (y sigo realizando), puedo comprender mejor a otros, puedo empujarlos a la trepidante tarea de evolucionar.

Así que, sólo me resta dar las gracias a esas heridas, esos hechos que marcaron mi vida, mi infancia y que, aún ahora, me permiten superarme día a día.

 

* Foto gentileza de livinginpixels.net

Publicat per Natàlia Pomar
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